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Los caminos
químicos: drogas psicodélicas en la adolescencia
Fernando Caudevilla
Los
psicodélicos son drogas potentes que inducen cambios
profundos en el estado de conciencia. La percepción a
través de los sentidos, los filtros de información, el
sentido del paso del tiempo o el contenido del
pensamiento se modifican de forma radical durante unas
horas, lo que posibilita observar la realidad desde
otras perspectivas mentales. El uso de psicodélicos con
fines espirituales, terapéuticos y/o recreativos está
documentada en casi todas las culturas desde el inicio
de la Historia. El continente americano la zona del
mundo donde crecen de forma nativa la mayor cantidad de
plantas, hongos y cactus con potentes efectos
psicoactivos y escasa toxicidad a nivel orgánico, que
han sido utilizados de forma ritual durante siglos. En
Asia, Europa y África también está documentado
históricamente el uso de sustancias como la Amanita
muscaria, el cannabis o la iboga.
Los efectos
de algunos psicodélicos como la mescalina o la ayahuasca
se empiezan a documentar en Europa a partir del siglo
XVI. Los psicodélicos se describen como costumbres
exóticas o demoniacas de los nativos americanos, pero no
despiertan excesivo interés en Europa hasta mediados del
siglo XIX. El uso de psicodélicos va a estar
circunscrito a ambientes muy restringidos hasta ese
momento y la curiosidad científica hacia sustancias como
los hongos psilocibios comienza a principios del siglo
XX.
Durante el
siglo pasado se desarrolla la química, lo que dará lugar
a la aparición de nuevas sustancias más potentes y
selectivas. Dos de ellas van a marcar la historia de las
culturas juveniles de los últimos cincuenta años: la
dietilamida de ácido lisérgico (LSD) y la 3,4-
metilendioximetanfetamina (MDMA o éxtasis). La
LSD fue descubierta de forma casual por Albert Hoffmann,
un químico que trabajaba para la farmacéutica Sandoz.
Hasta mediados de los sesenta, la LSD se consideró como
un fármaco de investigación con prometedores
aplicaciones en psiquiatría, hecho que está documentado
en cientos de artículos científicos hasta 1970. De forma
paralela, su uso recreativo experimenta un crecimiento
exponencial, en un principio asociado a la cultura
hippy. En 1970 la LSD fue ilegalizada, lo que no fue
impedimento para la expansión de la cultura psicodélica
ligada a esta sustancia. Sus repercusiones a nivel
cultural, social y artístico trascenderán después al
público general y la cultura de masas.
La historia
de la MDMA (éxtasis) presenta muchos paralelismos con la
de la LSD. Una vieja patente de Merck no comercializada
fue redescubierta por el toxicólogo y químico Alexander
Shulgin a mediados de los 60. La MDMA pasó desapercibida
para el público general hasta mediados de los 80, y se
difundió entre psiquiatras y terapeutas como coadyuvante
a la psicoterapia. La MDMA es un psicodélico con
características particulares, que produce experiencias
más controlables en la que predomina la amplificación de
lo emocional. Pero la mezcla de esta sustancia con la
naciente cultura de la música electrónica de los ochenta
produjo un coctel cultural explosivo entre las culturas
juveniles cuyas consecuencias se han hecho notar hasta
el momento actual.
El hecho de
que estas sustancias sean ilegales no ha servido para
disminuir las prevalencias de consumo entre los jóvenes.
Además, se han añadido riesgos como la adulteración, las
sobredosis y un mercado vinculado a la criminalidad. La
desinformación y la ignorancia son otros de los riesgos
importantes. Por supuesto cualquier sustancia de estas
características presenta riesgos y peligros. Algunos de
ellos son consustanciales a sus propiedades
farmacológicas pero en la mayoría de los casos van a
depender de factores modificables, como la dosis, el
contexto y la actitud del usuario. Desde el ámbito de la
medicina y la prevención únicamente se presta atención a
los riesgos, peligros y problemas, que suelen
presentarse de forma exagerada. La idea de que “aumentar
la percepción del riesgo” disuadirá a los consumidores
del uso se ha demostrado ineficaz además de
contraproducente. Hablar exclusivamente de los aspectos
negativos contrasta con la percepción de los usuarios,
que lógicamente utilizan estas sustancias por los
aspectos deseados que tienen. Además, maximizar los
riesgos impide distinguir entre aquellos que son graves,
frecuentes o prevalentes, de aquellos que no lo son.
En
definitiva, el uso de psicodélicos por parte de nuestros
jóvenes no está exento de riesgos y problemas, pero
constituye una realidad cultural amplia y compleja a la
que podemos articular nuevas respuestas más allá del
consabido, repetitivo e ineficaz “NO”.
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