Historia y pioneros de la coca y la cocaína (I)
J. C. Ruiz Franco

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Cannabis Magazine
 

No hay duda de que, gracias a sus propiedades, la cocaína es una droga de permanente actualidad desde que fuera sintetizada a mediados del siglo XIX y el médico y psiquiatra Sigmund Freud la pusiera de moda años después. Su estatus de sustancia prohibida no disuade a sus usuarios, y en las últimas décadas su consumo ha aumentado por la elevación del nivel de vida medio en los países occidentales, y porque la estimulación que genera es percibida como beneficiosa para sobrevivir en nuestro agitado y competitivo mundo.

El presente artículo es una introducción al libro Pioneros de la coca y la cocaína
 

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La hoja de coca se obtiene de un arbusto originario de Sudamérica que crece en las zonas cálidas y húmedas de los Andes (Colombia, Bolivia y Perú), y su uso es casi tan antiguo como la humanidad. Se han encontrado restos arqueológicos que demuestran que se utilizaba ya en la zona noroeste de Perú, en el sexto milenio antes de nuestra era. No obstante, su consumo parecía estar limitado a ciertos individuos, ya que en realidad era un privilegio exclusivo de unos pocos, reservado a los nobles y los sacerdotes. Su uso creció después de la destrucción del Imperio Inca en el siglo XVI por los españoles, ya liberadas las clases bajas de las restricciones; pero los conquistadores lo prohibieron por motivos religiosos debido a que el catolicismo de aquella época era bastante intransigente con cualquier creencia que no fuera la suya propia. Sin embargo, más tarde se dieron cuenta de que podía ser una excelente fuente de ingresos y de que los indios trabajaban y rendían mucho más si tomaban coca que si no la tomaban, así que decidieron permitirla.

Pronto aparecieron los primeros testimonios escritos. El médico español Nicolás Monardes trató la coca en su libro Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, publicado en 1574. Trajo hojas a Europa, pero no despertó demasiado interés, ni tampoco lo consiguieron otras publicaciones de los dos siglos siguientes. La coca tuvo que esperar hasta mediados del siglo XIX para hacer su entrada en Europa por la puerta grande, después de que varios científicos viajaran a Sudamérica y observaran su forma de administración y las proezas físicas que realizaban los nativos gracias a ella.

Uno de esos científicos fue Eduard Pöppig (1798 – 1868), botánico y zoólogo alemán que entre 1826 y 1832 efectuó investigaciones en Brasil, Chile y Perú, estudió las ruinas de la civilización inca, recorrió el río Amazonas en canoa e identificó más de cuatro mil especies de plantas desconocidas en Europa. Ernst von Bibra (1806 – 1878) —científico y escritor alemán, a quien ya dedicamos varias entregas en esta sección de la revista hace unos meses— cita, en su libro Las drogas beneficiosas para el hombre, algunos pasajes escritos por Pöppig, quien parecía no tener muy buena opinión sobre la coca:

“Las hojas de coca, cosechadas y secadas cuidadosamente, son objeto de trueque, y su uso es tan viejo como la más antigua tradición peruana. El indio permanece tumbado a la sombra, ingiriendo alternativamente hojas de coca y lima en polvo para aderezarla. En silencio, y tal vez molesto si se le interrumpe, disfruta de esto durante media hora, traga lo que tiene en la boca y, de vez en cuando, reemplaza las hojas mascadas por otras nuevas. Si alguna obligación le impide satisfacer su deseo, nada puede evitar que lo haga en la primera ocasión en que pueda, ya que su ansia por la coca es similar a un apetito voraz. Nunca se ha podido acabar con el vicio de un coquero, el nombre que se da en Perú a los adictos a la coca. Todos los coqueros afirman que preferirían quedarse sin los bienes más esenciales para la vida. El consumo de la hoja atrae en tal grado que el deseo por ella aumenta con el paso de los años, independientemente de lo perjudiciales que sean sus consecuencias.

El principio excitante de la coca es de naturaleza volátil. Parece estar contenido en las hojas en pequeñas cantidades, porque para sentir el efecto, el coquero y el experimentador necesitan una gran cantidad de hojas. Es dudoso que la química de nuestra época pueda llegar a aislar este principio activo porque, incluso en las regiones donde se cultiva coca, la planta se considera inútil cuando han pasado más de doce meses después de la cosecha.

El consumo de coca es siempre perjudicial para la salud de las personas. El abuso aumentado o continuado se convierte en una enfermedad incurable llamada opilación. Uno de los primeros síntomas de esta enfermedad es una ligera molestia que puede confundirse fácilmente con la indigestión; sin embargo, pronto empeora terriblemente. Aparecen dolores biliares, junto con todos los problemas que surgen en un clima tropical. El estreñimiento en particular se hace tan frecuente y molesto que debido a su prevalencia se le puso ese nombre a la enfermedad. Aparece la ictericia, y después, de forma gradual, los síntomas de destrucción se hacen más visibles en el sistema nervioso; hay dolor de cabeza y otros problemas similares. El enfermo se debilita más, a duras penas puede ingerir comida y adelgaza rápidamente. Después aparece un insomnio incurable, incluso en quienes no consumen demasiada coca”.

Otro de los científicos viajeros de aquella época fue Hugh Algernon Weddell (1819 - 1877). Médico, botánico y micólogo inglés, dedicó seis años a explorar Sudamérica y se centró especialmente en las plantas. Weddell no tenía una opinión tan negativa sobre la coca como Pöppig, no encontró ninguna de las patologías mencionadas por este último y sólo descubrió efectos perjudiciales en los europeos no acostumbrados a ella desde la niñez.

Johann Jakob von Tschudi (1818 - 1889), médico y naturalista suizo, también exploró Sudamérica, especialmente Perú y Brasil. Su opinión sobre la coca era netamente positiva y le atribuía excelentes propiedades, algunas de ellas casi milagrosas. Según cuenta von Bibra, contrató a un indio para cinco días de trabajo agotador, quien durante todo ese tiempo no tomó un solo bocado de comida; durmió sólo dos horas por la noche y mascaba coca sin cesar, hasta el extremo de consumir por lo menos treinta gramos cada tres horas. Posteriormente, el nativo acompañó a Tschudi en un viaje por las montañas que duró dos días; corrió todo el tiempo al lado de la mula y descansaba sólo para prepararse la coca. Lo más sorprendente es que el hombre tenía sesenta y dos años, se sentía completamente bien y aseguraba que nunca había estado enfermo.

El propio von Bibra narra en Las drogas beneficiosas para el hombre sus experiencias sudamericanas con la coca:

“Los mineros de Algodón Bay habían bajado de regiones más altas de los Andes para encontrar trabajo. No tenían nada especial en su apariencia y me recordaban simples trabajadores europeos que comen un bocado en su hora de descanso. Eran cuatro hombres en total, empleados de una mina que, como ya he mencionado, permitía a sus trabajadores esos períodos de descanso. En esas minas, el transporte del metal se hace sobre las espaldas de los trabajadores, normalmente unos sesenta kilogramos por viaje. Se trata de una labor extenuante porque la ascensión se realiza por unos troncos de árbol ligeramente rotos, algo muy distinto de lo cómodo que es subir una escalera. Por esa razón, en el camino hay una pequeña cabaña donde los hombres pueden descansar. De los que se encontraban descansando en aquella ocasión, algunos comían guisantes, otros fumaban cigarrillos y otros se colocaban en cuclillas sin otra ocupación que mirarme fijamente, siguiendo todos mis movimientos con sus ojos negros, mientras los cuatro trabajadores mencionados permanecían sentado en bancos de madera y mascaban coca. Se metían en la boca las hojas mezcladas con tonra, y diez minutos después sustituían las hojas usadas por otras nuevas, preparadas de modo similar. Sus caras no mostraban placer ni ninguna especie de bienestar especial. Parecían estar completamente apáticos, aunque de vez en cuando miraban alrededor. No hablaban, pero tampoco lo hacían los demás. Después de una media hora, los hombres se levantaron y volvieron al trabajo, en calma y en silencio. Aunque yo tenía cierta cantidad de coca, intenté comprarles más, pero, como había imaginado, no se dignaron en contestarme.

En varias ocasiones, en el transcurso de mis expediciones a la región de Valparaíso, vi que de las cordilleras venía gente para vender, a los habitantes de las tierras bajas y de la costa, plantas y otros artículos, como por ejemplo medicinas. De todas las sustancias que adquirí, sólo llevé coca a Europa porque las demás se echaron a perder. Pude ver por primera vez coca y la tonra que se usa con ella en la cabaña de un indio viejo y sucio que estaba increíblemente cubierto de raíces y semillas secas. Después de haber comido con ese viejo indio, más sucio que venerable, que deglutió una gran cantidad de carne de vaca —por supuesto a mis expensas—, se puso a la sombra de su cabaña y comenzó a mascar coca en lugar de tomar café. No noté ningún síntoma especial de felicidad en este viejo indio, igual que antes no la había observado en los mineros. Media hora después me marché tras comprarle toda la que tenía. Las hojas frescas tenían un color marrón verdoso y un perfume ligeramente aromático. La tonra consistía en varias bolas de material terroso de color verde azulado, del tamaño de un huevo de gallina, que olían a lejía, y que, si se metían solas en la boca, tenían un sabor desagradable.

Mascar coca no me produjo ninguna sensación que pudiera indicar una estimulación nerviosa. En cuanto a sus cualidades anorexígenas, pude comprobarlas. Aunque no tenía comida, resistí muy bien hasta la tarde. Cuando volví a casa y me senté para comer, no tenía ninguna gana. Sin embargo, cuando empecé a comer, lo hice normalmente. Creo que podría haberlo hecho en el camino si hubiera surgido la oportunidad, pero la coca eliminó la sensación de hambre. Por poner un ejemplo, puedo comparar este fenómeno con el hecho de saltarse una comida habitual, una sensación que todos conocemos y que yo suelo hacer cuando viajo o realizo pruebas fisiológicas.

Se nota el hambre en cuanto llega la hora habitual para comer, pero cuando pasa o se salta, desaparece hasta la hora de la comida siguiente. Si se le ofrece comida entre esas horas, una persona podría tomarla con buen apetito”.

Hasta aquí el testimonio de von Bibra. Esperamos que el artículo haya servido para que el lector tenga una idea de las primeras experiencias con la coca. Hemos citado a algunos de los primeros investigadores que componen el contenido del libro Pioneros de la coca y la cocaína.

Historia de la coca y la cocaína - Biblioteca Letras Psicoactivas
 
 

Referencias:

- Pioneros de la coca y la cocaína, Biblioteca Letras Psicoactivas, Ediciones El Peón Espía. Autores: Aleister Crowley, José Carlos Bouso, Jordi Riba, Fernando Caudevilla, Karl Koller, Ángelo Mariani, J. C. Ruiz Franco y otros.

- Von Bibra, Ernst, Las drogas beneficiosas para el hombre, Biblioteca Letras Psicoactivas, Ediciones El Peón Espía. Publicación: año 2012. En Pioneros de la coca y la cocaína está incluido el capítulo que von Bibra dedica a la coca.

Obra original: Von Bibra, Ernst, Die narkotischen Genussmittel und der Mensch, Wilhelm Schmid, Nuremberg, 1855. Versión inglesa: Plant Intoxicants, Healing Arts Press, 1995. Traducción de Hedwig-Schleiffer.  

 

Índice de contenidos del libro:
 

Historia de la coca y la cocaína
J. C. Ruiz Franco
 

Coca (Erythroxylon coca)
Barón Ernst von Bibra
 

Nuestra Señora de Yungas
Mordecai Cooke
 

Las drogas que consumimos. La coca
Johnston
 

El efecto fisiológico y la importancia del cloruro de cocaína
Theodor Aschenbrandt
 

Sobre la coca
Sigmund Freud
 

La cocaína y sus sales
E. Merck
 

Sobre el uso de cocaína para anestesiar el ojo
Karl Koller
 

La coca erythroxylon y sus derivados
Parke, Davis & Company
 

La coca y sus aplicaciones terapéuticas
Ángelo Mariani
 

Cocaína
Aleister Crowley

 

La coca: Una tradición andina
Movimiento Tupay Katari

 

Observaciones sobre la neurobiología de la cocaína y la adicción a esta sustancia
José Carlos Bouso y Jordi Riba
 

Efectos y riesgos de la cocaína
Fernando Caudevilla Gálligo