Primera biografía de Hofmann en español:
Albert Hofmann - Vida y legado de un químico humanista
 

Antonio Escohotado: filósofo, escritor y psiconauta (I)

Por J. C. Ruiz Franco

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Leer segunda parte

 

No hay duda de que el nombre de Antonio Escohotado Espinosa resulta familiar a todos los lectores, ya que es uno de los autores más importantes de la actualidad, no sólo por la relevancia de sus obras, sino también por la amplia variedad de los temas que trata. Para los drogófilos es, sobre todo, el autor de Historia de las drogas y la celebridad que, en sus artículos y apariciones en los medios de comunicación, defiende la ‘normalización’ de las sustancias psicoactivas (devolverles su estatus de cosas normales en el mundo en que vivimos); no tanto la ‘legalización’, que en cierto modo implicaría reconocer su condición de objetos prohibidos, una situación a todas luces anormal.

 

Un filósofo de nuestro tiempo

 

Escohotado está incluido en el diccionario de pensadores del siglo XX. Políticamente se define como liberal, en la línea de David Hume y Thomas Jefferson. No entra en la dicotomía izquierda-derecha, sino que le interesa más el debate entre libertad-autoritarismo; toma partido por el primer término y rechaza toda versión del segundo, sin importar su procedencia. Como estudioso y erudito ha investigado numerosos campos del saber (Aristóteles, Hegel, filosofía presocrática, filosofía de la ciencia, pensamiento económico…), y como ensayista ha escrito sobre todos ellos, despertando en ocasiones la ira de muchos supuestos expertos, esos que no toleran que alguien ajeno se entrometa en lo que consideran de su exclusiva propiedad. Es difícil encasillarle, y reconoce que no le gustan los calificativos, pero tal vez el de ‘filósofo’, en su sentido más amplio, sea el que mejor le defina: “Lo que en esta vida me ha mantenido en una actitud de independencia es muchísimo amor y curiosidad intelectual. No admito estancamientos porque a mí lo que me gusta es estudiar y conocer; eso no tiene fin” (1). Es lógico que dos de sus pensadores predilectos sean Aristóteles y Hegel, los máximos exponentes del saber enciclopédico.

Este profesor de Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales que aprovecha el silencio de la noche para estudiar y escribir declara que sus valores supremos son, en primer lugar, el cultivo del conocimiento; en segundo lugar, el amor; y tercero, la ebriedad, el consumo de sustancias psicoactivas (2). Una lista de preferencias que constituye todo un reto para el mundo en que vivimos, tan mediocre, ramplón y apegado a lo inmediato y lo material.

 

Años de juventud

 

Filósofo, jurista, sociólogo, escritor, traductor, psiconauta; padre de siete hijos, fruto de tres matrimonios…, Antonio Escohotado nació en Madrid en 1941. Vivió en Río de Janeiro desde 1946 a 1956 porque su padre era agregado de prensa en la embajada española en Brasil. Volvió a España y, como él mismo dice, pasó “del trópico pagano al nacional-catolicismo (expresión acuñada por su amigo Carlos Moya, catedrático de Sociología) mesetario de nuestros años cincuenta”: del paganismo y el carnaval brasileños a la represión y los grises españoles.

 

Su vocación fue, desde muy joven, la Filosofía con mayúsculas, con la utópica idea de elaborar una ‘Historia del pensamiento occidental’. Por eso eligió esta carrera cuando le llegó el momento de iniciar estudios universitarios, si bien se matriculó también en Derecho haciendo caso a aquel viejo y conocido consejo familiar de “la Filosofía no tiene salidas profesionales, y en cambio el Derecho sí”, que algunos hemos vivido y soportado. A pesar de las altas metas que desde tan joven se marcara, Antonio también tuvo su niñez, edad en la que todos hemos hecho trastadas. Y así, en una entrevista reconocía que le quisieron expulsar dos veces del colegio por blasfemo, tras haber metido sapos en el sagrario, la caja donde se guardan las hostias que se reparten durante el acto de la comunión cristiana (2).

 

Los primeros años de universidad supusieron un golpe para su espíritu independiente, y con el paso de los años sufriría unos cuantos más. La (por aquel entonces) Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central —después Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad Complutense— era “un diálogo de sordos entre neotomistas, neopositivistas y neomarxistas”. Quien esto suscribe puede dar fe de que la situación continuaba igual treinta años después, si bien el número de neotomistas se había reducido debido a las bajas forzosas por jubilación y fallecimiento; pero para compensar apareció una nueva especie en crecimiento durante la década de los ochenta, la de los posmodernos, que ahora —veinte años más tarde— tal vez se llamen “neoposmodernos”; no lo sé con seguridad. Escohotado se libró de soportarlos cuando estudiaba porque la madre Francia aún no los había parido, pero posteriormente llegó a conocerlos muy bien: “Hoy hemos llegado a intelectuales tipo Baudrillard, por ejemplo, y los que seguirán, de pensamiento débil, posmodernos, pajilleros mentales que protestan y protestan básicamente porque les hacen menos caso cada vez. Se extinguirán, y me alegro. No son científicos, ni exploradores, ni aventureros, ni vividores. Son simplemente dogmáticos vestidos de no dogmáticos” (2).

 

En vista de la penosa situación en que se encontraba la fábrica del título oficial de filósofo, decidió terminar solamente la carrera de Derecho, después de lo cual sacó unas oposiciones del Instituto de Crédito Oficial —tan popular en la actualidad por los créditos concedidos a empresas en tiempos de crisis—, donde trabajó como asesor jurídico, además de ejercer simultáneamente como profesor ayudante en varias facultades. El joven Escohotado ya apuntaba buenas maneras psiconáuticas, y su primer artículo publicado fue “Alucinógenos y mundo habitual” —en Revista de Occidente, en el año 1967 (3)—, con sus primeras investigaciones sobre el tema, tras haberse iniciado en la LSD un par de años antes. Usó le incluye entre el grupo de jóvenes intelectuales (junto a González Noriega, Martínez Marzoa, Fernando Savater, Carlos Moya, Mariano Antolín Rato, Leopoldo María Panero y otros) que se inició en el consumo de LSD a mediados de los sesenta. La droga aún no estaba prohibida en España y las primeras dosis llegaron gracias a dos americanos de la base de Torrejón de Ardoz, al exorbitado precio de 1.000 pesetas la unidad. Tras esa experiencia inicial siguió una intensa actividad psiquedélica y en el artículo mencionado se intuía una demanda de ilustración farmacológica frente a la barbarie y la ignorancia (4).

 

Su carácter de estudioso y erudito quedó patente ya en esta época porque, a pesar de no conseguir el premio extraordinario de licenciatura, redactó su tesis doctoral antes de terminar la carrera. El trabajo trataba sobre Hegel, y el catedrático de Filosofía del Derecho, Luis Legaz, lo leyó y le indicó que bastaría añadir un capítulo dedicado a Kant. La tesis debió haberse leído en 1968, con lo que habría sido el primer ensayo presentado en España sobre Hegel; sin embargo, el decano de la facultad, Luis García Arias, también presidente del tribunal de doctorado, consideró la tesis anticatólica y consiguió ir retrasando su lectura pública en varias ocasiones. Se presentó por fin en 1970, con el título de “La filosofía moral del joven Hegel, con especial referencia al concepto de la ley” (5). Fue publicada en 1972 en Revista de Occidente como “La conciencia infeliz. Ensayo sobre la filosofía hegeliana de la religión”, y recibió reseñas positivas, además del premio de la Nueva Crítica de ese mismo año. Los problemas para leer la tesis obligaron a que su primer libro publicado fuese Marcuse: utopía y razón (Alianza Editorial, 1969), escrito años después del primero. El propósito de esta obra era analizar la fusión que hacía Marcuse de Hegel con Marx y Freud.

 

 

En 1970 deja su trabajo en el ICO y se marcha a Ibiza, en pleno apogeo del movimiento hippie. “Dejé aquello —buen empleo, buen sueldo, importante status— por irme de aventura, a descubrir otros mundos, otros valores. Eso no gustó a mis amigos que nunca entendieron mi decisión. Y es que mi necesidad va más por el terreno de la investigación que por la acumulación de capital” (1). Casi no tenían dinero, vivían con lo justo, pero eran felices.

Dice Juan Carlos Usó que, una vez liquidado el Verano del Amor (California, 1967) y tras la resaca del agitado mayo del 68 en París, se produjo una gran diáspora juvenil. La isla de Ibiza y Katmandú, capital de Nepal, se convirtieron en santuarios, en reductos donde los jóvenes podían vivir con total libertad y en armonía con la naturaleza (6) y donde de hecho llevaron a cabo la revolución sexual española. Sigue contando Usó que los primeros hippies llegaron a España en 1967 atraídos por la devaluación de la peseta, y con ellos llegó la LSD y otras drogas. Escohotado se estableció en la Isla Pitiusa a comienzos de los setenta, y allí se quedó hasta 1983, dedicándose a estudiar y a traducir. Vivió en una casa humilde, pero ideal para estudiar, escribir, traducir, ensayar con drogas y experimentar en primera persona sus efectos sobre la mente. Eran los tiempos de la Ibiza libre, muchos años antes de la movida ibicenca de la ‘beautiful people’ y los famosillos de turno: “Más que hippy, fui freak: quería vivir en la naturaleza, hacer la revolución sexual e investigar con las drogas, pero sin creer en místicas (…) Vivíamos en una choza sin luz ni agua, y trabajaba haciendo traducciones o en lo que salía” (7). Independientemente de la moda imperante, una persona con su carácter y formación no podía identificarse con gente ansiosa por encontrar gurúes, ni tampoco caer en cosas como dietas macrobióticas, atuendos orientales y venta de hebillas y escayolitas en mercadillos. Escribía años después: “El ácido, como el peyote y el hongo psilocibe, fue estandarte para una contracultura algo pueril y abrumadoramente victoriosa al nivel del gusto, que por eso mismo se disolvió sin holocausto dejando una estela de fenómenos tan dispares como ecologistas, toxicómanos sórdidos y el grupo de quienes podían llamarse tolerantes o iniciados” (8). Ya hemos dicho que en lo relativo a las relaciones sentimentales, fue una época bastante liberal, en la que primero se hacía el amor y después se hablaba de otros temas. En lo que respecta a las ideas políticas, Escohotado estuvo cercano a la izquierda, como casi todos los jóvenes españoles universitarios de los sesenta y comienzos de los setenta; según confiesa, en la embajada de Vietnam del Norte de París intentó alistarse en el Vietcong para luchar contra el imperialismo yanki, pero tuvo la suerte de que le dijeran que allí no podría sobrevivir ni una semana. Afortunadamente, pronto se le pasaron las veleidades izquierdistas.

 

En Ibiza llegó a regentar el famoso club ‘Amnesia’, donde se consumía libremente cannabis y ácido, lo cual le causó sus primeros roces con las autoridades, que ordenaban continuos registros. Esta discoteca nació de una finca rural y una casa construida a finales del siglo XVIII. En ella vivieron cinco generaciones de la familia Planells, y allí cultivaron la tierra y construyeron un molino. En 1970, la familia decide irse a la ciudad y vende la finca a María Fuencisla Martínez de Campos y Muñoz, una viuda de origen aristocrático. En ese momento se convierte en punto de reunión de los hippies de la isla: tocan grupos de música, bailan toda la noche, fuman hierba y toman LSD. En mayo de 1976, Escohotado, junto a Manuel Sáenz de Heredia, alquila la finca por la entonces respetable cantidad mensual de 20.000 pesetas (120 €) para abrir una discoteca. El primer nombre ideado por nuestro psiconauta fue “Taller del olvido”, para “reflejar que cuando la gente sale de noche es para olvidarse de los problemas y sumergirse en un mundo no aprendido y no rutinario”. Pronto se dio cuenta de que la palabra ‘Amnesia’ expresaba su idea inicial, y que era además mucho más sugerente y filosófico; y con ese nombre se quedó lo que hoy es sitio de referencia de la movida. Al año vendió el negocio, que después se convirtió en una de las discotecas más famosas del mundo (9). A pesar del poco tiempo que dirigió la discoteca, para algunos fue todo un símbolo, hasta el extremo de que identifican el fin del flower power español con el momento en que Escohotado traspasó el local (8).

 

Durante su estancia en Ibiza se incrementó su actividad intelectual. En 1975 publicó De physis a polis. La evolución del pensamiento griego desde Tales a Sócrates (Editorial Anagrama), un texto que se cita como bibliografía sobre los filósofos presocráticos en las facultades de Filosofía. Este libro era, en realidad, un apéndice al trabajo de ontología fundamental que en principio llamó Física como sistema de la lógica, y que tras varias reescrituras se publicó con el título Realidad y substancia, editado por Editorial Taurus en 1985. Ya en esta época comienza a dedicarse menos a la filosofía pura y más a investigar fenómenos humanos complejos. El libro Historias de familia, publicado por Anagrama en 1978, es un ensayo sobre sociología del género, que después amplió en Rameras y esposas (publicado por la misma editorial en 1993).

 

 

Madurez

Siempre relacionado con el mundo de las sustancias psicoactivas y apologista de la ilustración farmacológica, en los ochenta tuvo varios problemas con las ridículas y sangrantes leyes antidroga que todos conocemos, por los cuales estuvo cuatro veces en la cárcel.  A comienzos de esta década, cuando considera que Ibiza no le aporta nada más, regresa a Madrid. Los problemas con la policía y una trampa que le tendieron —con droga de por medio— le convencieron para finalizar su experiencia ibicenca.

 

Una vacante en la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia) —la de adjunto para Ética y Sociología— le permitió volver a la universidad. En esta institución ha sido profesor de Derecho, de Filosofía, de Sociología y, finalmente, de Filosofía y Metodología de la Ciencia, junto a su buen amigo Carlos Moya, otro gran psiconauta.

Si en su época de estudiante había sido víctima de la censura académica, ahora —como docente— comenzaría a sufrir en sus propias carnes las acciones de la endogamia y el corporativismo universitarios. Y así, en 1983, cuando varios miles de profesores adjuntos contratados se convirtieron en profesores titulares, fue uno de los pocos —cuatro o cinco— suspendidos, con siete ceros impuestos por un tribunal formado por siete catedráticos, a pesar de su currículo y de su larga lista de publicaciones (o tal vez precisamente por ello en este país de cainitas, expresión muy utilizada por su amigo Sánchez Dragó). Ante la injusticia de la situación hizo un recurso para que los catedráticos justificaran su nota, y tras un año de espera —sin sueldo— el tribunal le dio un condescendiente ‘5’, sin más explicaciones. Fue entonces cuando decidió pasarse del área de Filosofía a Sociología.

Continuando con sus obras, en 1987 publica Majestades, crímenes y víctimas, “un ensayo sobre sociología del poder que examina delitos aparentemente tan dispares como propaganda ilegal, homosexualidad, apostasía, eutanasia, blasfemia, prostitución, prácticas mágicas, idiosincrasia farmacológica, pornografía y contracepción” (10). En 1989 publica Filosofía y metodología de las ciencias sociales, manual de la asignatura que imparte en la UNED.

 

Su obra más conocida es, sin duda, Historia de las drogas, en tres volúmenes, que empezó a publicar Alianza Editorial en 1989, y cuya redacción dio comienzo durante su estancia en prisión. Casi simultáneamente salió al mercado la parte dedicada a la descripción de las sustancias psicoactivas, con distintos títulos: El libro de los venenos (Mondadori, 1990), Para una fenomenología de las drogas (Mondadori, 1992) y Aprendiendo de las drogas (Anagrama, 1995). Esta sección fue incluida en la edición de Historia general de las drogas (Espasa-Calpe, 1998), de un solo volumen. El propósito de este libro fue, por un lado, una especie de venganza intelectual contra los policías y los mafiosos que le habían perjudicado en Ibiza; por otro, existía un enorme agujero negro en este ámbito de conocimiento y, al creer que se estaba iniciando un movimiento de investigación sobre el mismo, quiso darle un buen impulso (11).

 

Como presentación, nada mejor que lo que él mismo cuenta en el prólogo. En 1988 la Audiencia de Palma le condenó a dos años y un día de reclusión por un delito de narcotráfico. A pesar de lo dudoso de la imputación (quienes ofrecían comprar y vender eran policías o compinches suyos), y de que el juez redujo a un tercio los seis años solicitados por el fiscal porque el delito se hallaba “en grado de tentativa imposible”, prefirió cumplir la condena sin más demora. Solicitó ingresar en el penal de Cuenca, donde le concedieron todo lo necesario para dedicarse a escribir con total tranquilidad, así que “durante aquellas vacaciones humildes, aunque pagadas, se redactaron cuatro quintas partes de esta obra”. Por supuesto, había fraguado unos años antes el proyecto, el cual fue posible porque conoció directamente las fuentes originales del experimento prohibicionista gracias a su trabajo como traductor free-lance para Naciones Unidas en 1983 y 1984: “La biblioteca de la Narcotics Division en su central de Viena me ofreció el fenómeno con todo lujo de detalles, algo inestimable cuando hasta entonces el tema ofrecía unos pocos estudios de naturaleza científica, y estaba oprimido por toneladas de sensacionalismo y desinformación” (10). Sin duda, la persona más apropiada estaba en el sitio adecuado, en el mejor momento. Fue en aquel tiempo, aprovechando una escala en Suiza, cuando decidió escribir a Albert Hofmann —una leyenda para alguien que tanto había experimentado con la LSD— con el objetivo de conocerle. Se vieron por primera vez en Basilea, en 1983, pronto entablaron una buena relación y Escohotado fue un “hijo espiritual” para Hofmann, a pesar de que su descreimiento daba algo de miedo a una persona tan espiritual. De hecho, alguna vez ha manifestado que perdió a sus padres siendo muy joven, el buen doctor le adoptó y pasó a ocupar el papel de progenitor. Hofmann vino a España en diversas ocasiones para dar conferencias. Incluso se le pudo ver en 1991 en el programa televisivo de Sánchez Dragó, El mundo por montera, cuando asistió al acto de concesión del doctorado ‘honoris causa’ a su amigo Ernst Jünger por la Universidad de Deusto (12). Escohotado llegó a visitar varias veces la estupenda y modernista casa del descubridor de la LSD en Rittimatte, en un maravilloso entorno situado en la frontera de Suiza con Francia.

 

 

Poco podemos decir que no se haya dicho ya sobre Historia general de las drogas, de obligada lectura para quien desee conocer la historia y los usos de los psicoactivos, y obra de referencia para los estudiosos del tema; probablemente la más extensa, rigurosa y mejor documentada. La reseña que podemos leer en la web de la Librería Muscaria destaca el gran número de fuentes históricas y literarias y su estilo ameno, así como las diversas aproximaciones posibles: de un tirón, para consultar temas específicos o para ampliar información gracias a sus numerosas citas a pie de página y su bibliografía (13). El mismo autor comenta que quedó como obra de referencia y que contribuyó a la ilustración farmacológica porque planteó el ámbito de las drogas como un objeto de conocimiento, para acabar con la ignorancia, que es donde realmente radica el peligro (10). 

 

Aparte de esta edición, existe la versión resumida Historia elemental de las drogas (Anagrama). También ha escrito Las drogas: de ayer a mañana (Talasa Ediciones) y La cuestión del cáñamo (Anagrama), además de numerosos artículos en periódicos y revistas, algunos de los cuales pueden leerse en http://www.escohotado.com.

 

Historia de la coca y la cocaína - Biblioteca Letras Psicoactivas
 
 

Índice de contenidos del libro:
 

Historia de la coca y la cocaína
J. C. Ruiz Franco
 

Coca (Erythroxylon coca)
Barón Ernst von Bibra
 

Nuestra Señora de Yungas
Mordecai Cooke
 

Las drogas que consumimos. La coca
Johnston
 

El efecto fisiológico y la importancia del cloruro de cocaína
Theodor Aschenbrandt
 

Sobre la coca
Sigmund Freud
 

La cocaína y sus sales
E. Merck
 

Sobre el uso de cocaína para anestesiar el ojo
Karl Koller
 

La coca erythroxylon y sus derivados
Parke, Davis & Company
 

La coca y sus aplicaciones terapéuticas
Ángelo Mariani
 

Cocaína
Aleister Crowley

 

La coca: Una tradición andina
Movimiento Tupay Katari

 

Observaciones sobre la neurobiología de la cocaína y la adicción a esta sustancia
José Carlos Bouso y Jordi Riba
 

Efectos y riesgos de la cocaína
Fernando Caudevilla Gálligo