El triptófano y la depresión (I)


J. C. Ruiz Franco

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Cannabis Magazine

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Aunque últimamente existe menos optimismo sobre la bondad de la psicofarmacología y el estudio de la psique tiene en cuenta otros factores, no podemos negar la importancia de los neurotransmisores para las funciones del sistema nervioso central. En esta serie de artículos nos vamos a ocupar de la serotonina —seguramente el más conocido— y de su optimización mediante el consumo de un aminoácido, el triptófano, así como de temas relacionados, por ejemplo los fármacos antidepresivos. Si el lector encuentra reiteraciones a lo largo del texto y piensa que el material no está completamente ordenado, tenga en cuenta que en realidad se trata de seis artículos publicados por separado que aquí hemos unido en un solo archivo.

 

La serotonina, un neurotransmisor fundamental

La serotonina juega un papel importante como sustancia neurotransmisora en fenómenos tan dispares como la agresividad, la regulación de la temperatura corporal, el estado de ánimo, el sueño, el deseo sexual y el apetito. Unos niveles más altos o más bajos de serotonina parecen influir positiva o negativamente en estas características tan humanas. A su vez, el nivel de serotonina aumenta al atardecer para que la glándula pineal sintetice melatonina, la hormona reguladora del sueño, al caer la noche. La serotonina también influye en el funcionamiento de otros neurotransmisores, como por ejemplo la dopamina y la noradrenalina.

 

De todas las características mencionadas, ninguna es tan interesante como el estado de ánimo, y un adecuado funcionamiento de este neurotransmisor se asocia a bienestar, buen humor y ausencia de estados depresivos. Si nuestro objetivo es regular el nivel de serotonina, parece que la solución más fácil sería administrárnosla. Sin embargo, si se ingiere no entra a las vías serotoninérgicas del sistema nervioso central porque no cruza la barrera hematoencefálica, y lo mismo sucedería si se inyectara.

 

Los antidepresivos de uso psiquiátrico

La solución que nos ofrece la psicofarmacología —y la psiquiatría como representante suyo en el ámbito de la medicina— consiste en modificar algún mecanismo neuronal para potenciar la acción de la serotonina. En las dos últimas décadas del siglo XX se confió bastante en la utilidad de regular y modificar los niveles de neurotransmisores; tanto que la hipótesis aminérgica era la predominante a la hora de explicar los trastornos afectivos. A pesar de que en la actualidad las expectativas son menos optimistas, el funcionamiento correcto de estos mecanismos es sin duda importante para el equilibrio mental y el normal desempeño de las actividades cotidianas. Por eso los antidepresivos más utilizados de las últimas generaciones de psicofármacos inciden de una u otra forma sobre el metabolismo de la serotonina:

 

- Los ISRS, inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina

Han sido los más utilizados desde que en 1987 saliera al mercado el famoso Prozac® (fluoxetina), su buque insignia. Como su nombre indica, sólo modifican la metabolización de la serotonina, y aumentan su acción al inhibir la recaptación de este neurotransmisor después de ser liberado en las sinapsis que hay entre las neuronas. Además de la fluoxetina, los más comúnmente prescritos en las consultas de psiquiatría y medicina general son la paroxetina, la sertralina y la fluvoxamina.

 

- Los IRSN, inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina

Este grupo de antidepresivos actúa sobre la serotonina y la noradrenalina. La venlafaxina es un ejemplo de este tipo de fármacos.

 

- Noradrenérgicos y antidepresivos serotoninérgicos específicos (NaASE)

Actúan aumentando la liberación de noradrenalina y serotonina, y tienen un efecto tranquilizante debido a sus propiedades antihistamínicas. Un ejemplo de este tipo de antidepresivos es la mirtazapina.

 

- Potenciadores selectivos de la recaptación de serotonina (PSRS)

La tianeptina es su principal representante. Aunque por su estructura es un tricíclico, no tiene relación con ese grupo en lo relativo a sus propiedades. Su acción se debe al aumento de la recaptación de la serotonina en las terminales nerviosas serotoninérgicas de la corteza, el hipocampo y el sistema límbico, sin unirse a ningún receptor, lo cual disminuye los posibles efectos adversos. Además de su potente efecto antidepresivo, ofrece un efecto ansiolítico adicional que no llega a producir sedación.

 

- Antidepresivos tetracíclicos

Componen un grupo heterogéneo cuyos miembros tienen en común su estructura molecular. El más famoso es la trazodona, si bien en las últimas dos décadas se ha utilizado muy poco.

 

- Otros antidepresivos

Otros grupos de antidepresivos modernos son los inhibidores selectivos de la recaptación de dopamina (ISRD), los inhibidores selectivos de la recaptación de noradrenalina (ISRN) y los inhibidores selectivos de la recaptación de dopamina y noradrenalina (IRDN), que son utilizados en menor medida que los descritos en primer lugar. También se prescriben muy poco los antidepresivos de las primeras generaciones, que eran menos específicos y afectaban a un gran número de neurotransmisores, por lo que el número de efectos secundarios era mayor:

 

- Antidepresivos tricíclicos

Los antidepresivos tricíclicos impiden la recaptación de la serotonina y la noradrenalina, lo que da lugar a un aumento de sus niveles en el cerebro. El primero fue la imipramina, que se conoce desde mediados de la década de los cincuenta. Prácticamente no se utilizan debido a sus numerosos efectos secundarios.

 

- Inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAOs)

Actúan bloqueando la acción de la enzima monoaminooxidasa. Fueron los primeros antidepresivos existentes en el mercado. Prácticamente están abandonados debido a que son poco selectivos: al inhibir la MAO actúan sobre numerosas funciones, no sólo sobre la depresión, lo cual conlleva más efectos secundarios, algunos bastante graves, que se evitan en parte con los IMAOs selectivos y reversibles.

 

 

Mejorar la serotonina por medios más naturales

El enfoque convencional de los psiquiatras consiste en prescribir antidepresivos que modifiquen la forma en que se metaboliza la serotonina en las sinapsis neuronales. Dejando aparte los efectos secundarios de esos productos —bastante numerosos—, el principal problema es que con su uso estamos realizando modificaciones neuronales que más adelante, una vez abandonado el fármaco, tal vez no vuelvan a su estado original. Si la depresión es de carácter endógeno, se debe a que hay un desequilibrio interno, y por tanto está justificado recetar antidepresivos; pero si se padece un bajón de ánimo producido por algún factor externo (por ejemplo, la muerte de un familiar, la ruptura de una pareja, dificultades para la vida social, frustración o similares) no será apropiado tratar químicamente algo que tiene una causa personal, vital o social. No resolverá el problema, y aunque se logre elevar el estado anímico, con el tiempo podrá surgir un problema médico que antes no se tenía por haber tomado fármacos sin necesitarlos. En realidad, la prescripción indiscriminada de antidepresivos y tranquilizantes se debe más a los intereses comerciales de las compañías farmacéuticas y a que las salas de espera de las consultas están llenas de personas que no tienen ningún padecimiento físico, sino somatizaciones de origen psíquico.

 

Si de todas formas estamos convencidos de que debemos tomar algo para mejorar nuestro tono vital, será menos agresivo aumentar el material con el cual el organismo produce su propia serotonina. Puesto que los neurotransmisores se sintetizan a partir de ciertas sustancias, parece lógico potenciar los niveles de dichos precursores. Dos precursores de la serotonina, el aminoácido triptófano y el 5-hidroxitriptófano, un derivado suyo, pueden cruzar la barrera hematoencefálica y elevar el nivel de serotonina en el cerebro. Éste puede ser un enfoque más adecuado cuando el problema no tiene un origen biológico claro, ya que es más natural aumentar la cantidad de las sustancias utilizadas para sintetizar el neurotransmisor que modificar el proceso por el cual, después de liberado en el espacio sináptico y cumplida ya su función, se reabsorbe por las vesículas presinápticas.

 

La eficacia de este planteamiento está demostrada por muchos estudios, que no obstante son menos numerosos que los que aconsejan la aplicación de antidepresivos psiquiátricos, por motivos comerciales que el lector podrá adivinar. Por tratarse de productos que no pueden patentarse, los aminoácidos precursores son sustancias menos interesantes para las multinacionales farmacéuticas, las entidades que más fomentan la prescripción de psicofármacos por parte de psiquiatras y médicos de cabecera, mediante los distintos métodos de que disponen: anuncios publicitarios en revistas médicas, artículos supuestamente científicos que en realidad son publicitarios, visitadores que acuden a las consultas con maletines llenos de folletos y cajas de medicamentos de muestra, simposios patrocinados por compañías farmacéuticas, etc. En cuanto a la población general, esta publicidad llega a través de carteles y revistas de farmacia, artículos de prensa y publicidad directa e indirecta en prensa, radio y televisión. De hecho, la mayor parte del presupuesto de esta industria no se destina a la producción de medicamentos ni a la investigación, sino a estudios de mercado, publicidad y marketing.

 

La medicalización de la vida cotidiana

Vamos a permitirnos hacer una digresión sobre lo que estamos comentando. Actualmente no sólo se consideran cuestiones médicas ciertos problemas que antes eran parte normal de la vida (ánimo bajo por alguna pérdida familiar o afectiva, que ahora se ha incluido dentro de la elástica categoría de “depresión”; tensión por exceso de responsabilidades o de trabajo que ahora se denomina “estrés”; el envejecimiento, la menopausia…), sino que las compañías farmacéuticas inventan enfermedades, y curiosamente cuentan con la solución para ellas: medicamentos fabricados por las mismas empresas que antes no tenían indicaciones terapéuticas definidas. Pero no sólo eso, sino que cuando el supuesto problema de salud no puede llegar a considerarse enfermedad, queda catalogado como trastorno. Éste tiene una entidad menor que una enfermedad porque no existe una causa biológica clara, pero —también curiosamente— siempre existe alguna pastillita milagrosa para tratarlo.

 

Vivimos en una sociedad que se define por varias características. Una es, como todos sabemos, el consumismo; otra, relacionada con la primera, es el constante deseo de encontrar una respuesta fácil y rápida a las dificultades vitales o personales, que antes se aceptaban como parte normal de la vida y ahora en cambio son problemas que hay que solucionar a cualquier precio. Nos estamos refiriendo a la terapeutización de ciertos ámbitos que hasta hace poco eran fenómenos normales y actualmente se consideran enfermedades.

 

Medicina, psiquiatría, psicoterapia, fisioterapia, geriatría, osteopatía, naturopatía, fitoterapia, oligoterapia, homeopatía, acupuntura, kinesiología, aromaterapia, reflexología, reiki y un largo etcétera son disciplinas terapéuticas —unas con más base científica y otras con menos— que en algunos casos pretenden hacernos creer que determinados estados normales de nuestra existencia son patológicos, y que ellas nos ofrecen la solución haciéndonos pasar por caja después de convertirnos en enfermos. Ciertamente, el porcentaje de personas que desean mejorar su estado de ánimo y su calidad de vida mediante un acto tan sencillo como tomar una pastilla —en lugar de modificar costumbres, conductas, hábitos y aspectos de la personalidad— está en constante ascenso. Nos convertimos, cada vez más, en pacientes-clientes de terapeutas de todo tipo, dentro de la vorágine de consumismo y deseo de vida fácil que va creciendo hasta niveles insospechados. Con ello logramos descargar la responsabilidad del cuidado de nuestra salud física y mental y se la endosamos a un ente tan prestigioso como la ciencia —en sus diversas manifestaciones y ramificaciones—, que promete curarnos a cambio de cierto desembolso de dinero, lo cual contribuye a que la rueda del sistema siga girando y esté bien lubricada.

 

La salud mental no es ajena a este fenómeno, que en el ámbito de las disciplinas psi tiene su máximo exponente en la categoría de “enfermedad mental”, que en realidad no existe y es sólo un constructo inventado. Con ello se consigue relacionar las dolencias psíquicas con la medicina, la disciplina terapéutica por excelencia, y que parezca necesario su tratamiento. Quien tiene el ánimo bajo por algún motivo externo (procedente de su entorno, como por ejemplo pérdida de algún familiar, desengaño amoroso, frustración, etc.) y acude al médico para que le recete un antidepresivo se está equivocando por completo ya que la causa de su problema es exógena, no endógena. Tomar un fármaco tal vez le ayude en cierto modo proporcionándole más energía y haciéndole insensible al problema, pero no lo solucionará (precisamente porque es externo), y la alteración de los mecanismos neuronales normales no conllevará ningún beneficio a largo plazo, sino más bien todo lo contrario. Es una forma como otra cualquiera de buscar una solución fácil, en el ámbito médico, a problemas que deben afrontarse de manera personal, no tomando una pastillita que lo máximo que puede hacer es taparlos, pero nunca resolverlos. En cuanto a los efectos adversos de estos productos, en sus prospectos tenemos los detectados a corto y medio plazo —que son numerosos—, pero no se conocen bien aún los que pueden aparecer a largo plazo, dado que llevan utilizándose pocos años, y salvo error u omisión no hay estudios de seguimiento para todos los efectos secundarios a diez, veinte y treinta años, por ejemplo.

 

 

Más pensamiento y menos medicamentos

Si algo bueno hay en el famoso libro Más Platón y menos Prozac, es el título y la primera parte (el resto es claramente prescindible, en nuestra opinión). El autor nos propone un nuevo tipo de terapia, la terapia filosófica. ¿Otra más? ¿Y por qué no? Una más no se va a notar, y el sufrimiento de muchas personas que creen tener trastornos mentales consiste en realidad en falta de conocimientos, errores conceptuales y procesos cognitivos defectuosos, aspectos que pueden generar innumerables problemas vitales y en los cuales nadie es más experto que un filósofo profesional. En Alemania hay asesores filosóficos desde hace más de veinte años, y en Estados Unidos aparecieron un poco más tarde, coincidiendo con la publicación del libro de Marinoff, a finales del siglo pasado y comienzos del presente. En nuestro país, menos dado a este tipo de cosas, la terapia filosófica está muy poco extendida porque la gente siempre ha tenido a mano al cura del barrio —el confesor que aguantaba el chaparrón de las miserias mentales de los pecadores—, además de los numerosos establecimientos expendedores de bebidas repartidos por nuestra geografía —bares, tabernas, cafeterías— donde, además de alcohol, hay siempre alguien a quien contar las penas cuando el nivel etílico ha llegado al punto en que el sujeto se desinhibe.

 

El triptófano

Decíamos —después de explicar que la serotonina es un neurotransmisor que contribuye a la estabilidad emocional y a la ausencia de estados depresivos— que es menos agresivo incrementar el material con el que el organismo produce su propia serotonina que alterar los mecanismos neuronales tomando antidepresivos psiquiátricos. El triptófano, precursor de la serotonina, es uno de los aminoácidos esenciales; es decir, debemos ingerirlo diariamente porque nuestro organismo no puede sintetizarlo. Como aminoácido que es, forma parte de las proteínas, por lo que una dieta con una cantidad adecuada de proteínas nos proporcionará el que necesitamos. Es abundante en alimentos como la leche, el queso, los huevos, los cereales integrales, la soja y las carnes en general.

 

Por lo que llevamos dicho, parece que, para disfrutar de energía durante todo el día y evitar los bajones de ánimo, la opción más recomendable sería tomar alimentos ricos en triptófano. Sin embargo, lo importante no es la cantidad ingerida, sino la que llega al cerebro, y las investigaciones indican que los niveles de este aminoácido en el sistema nervioso central no pueden modificarse mediante la dieta. El triptófano procedente de las proteínas de la dieta no atraviesa la barrera sangre/cerebro porque tienen preferencia otros aminoácidos, gracias a su peso molecular más bajo. Esto impide que el triptófano de los alimentos acceda al cerebro y que se eleven nuestros niveles de serotonina. Aunque resulte paradójico, el triptófano ve facilitado su acceso al cerebro cuando ingerimos alimentos con una cantidad prácticamente nula de proteínas y ricos en carbohidratos de alto índice glucémico. Esto ocurre porque los niveles altos de insulina que se consiguen arrastran a los otros aminoácidos hacia los tejidos, el triptófano queda solo en el torrente sanguíneo, y de esa forma no debe competir con sus compañeros. Comer alimentos ricos en glúcidos tiene un efecto tranquilizante, y muchas personas reducen su ansiedad intuitivamente comiendo dulces. Por un lado, la ingesta de alimentos con alto contenido en hidratos de carbono produce una subida de los niveles de glucosa sanguínea, que tranquiliza cuando la causa del nerviosismo es el bajo nivel de azúcar en sangre (intranquilidad, falta de energía y temblores). Por otro lado, la elevación de los niveles de insulina subsiguiente a la ingestión de carbohidratos ayuda a metabolizar los aminoácidos. El triptófano, que tiene un peso molecular más elevado que el resto de sus compañeros, queda en el torrente sanguíneo y puede así acceder más fácilmente al cerebro que en condiciones normales, con lo que se produce una elevación de los niveles de serotonina y la consiguiente estabilización del estado de ánimo. Ese es el motivo por el que muchas personas sienten la necesidad de ingerir dulces cuando se sienten nerviosas.

 

Tomar triptófano solo

Puesto que el triptófano de las proteínas de la dieta no produce efectos beneficiosos sobre los niveles de serotonina de forma directa, podemos pensar en ingerirlo aisladamente. En ese caso habría que hacerlo fuera de las comidas, media hora antes de ellas o cuando tengamos el estómago vacío, o de lo contrario se unirá a los demás aminoácidos de la dieta para que el organismo sintetice proteínas, pero no servirá para el propósito que pretendemos, como ya hemos explicado. Esta forma de administración se hizo muy popular a finales de los setenta y década de los ochenta, gracias a una serie de artículos de autores norteamericanos que hablaban sobre sus propiedades inductoras del sueño, para combatir el insomnio por medios naturales. Personalmente, recuerdo haber leído en la revista Scientific Body Flex, a mediados de los ochenta, un artículo sobre el triptófano escrito por Frank Zane, campeón de culturismo, que me resultó muy revelador y que contribuyó a mi interés por este tipo de sustancias. A pesar de que la difusión se hacía casi exclusivamente en revistas de divulgación —por aquel tiempo no existía Internet—, a finales de esa década cientos de miles de personas, la mayoría en Estados Unidos, tomaban triptófano para mejorar el humor, reducir la irritabilidad y dormir mejor, entre otras indicaciones. Se convirtió, por tanto, en un producto muy popular que se utilizaba para mejorar la calidad de vida y el rendimiento. Sin embargo, no era controlado por el gremio médico ni por las compañías farmacéuticas, y eso iba a influir en su destino.

 

 

¿Intereses comerciales o preocupación por nuestra salud?

Durante varios años, millones de personas utilizaron triptófano en todo el mundo sin que surgiera ningún problema de salud debido a su consumo. Sin embargo, a finales de los ochenta, la compañía japonesa Showa Denko —el principal fabricante de este aminoácido— modificó el proceso de elaboración. Por un lado —según consta en ciertos documentos—, en 1988 la propia compañía había detectado que el producto que suministraba a todo el mundo —especialmente a Estados Unidos— contenía cuerpos extraños no identificados. Por otra parte, en aquel momento comenzaron a utilizar en la síntesis una nueva cepa de bacterias modificadas por ingeniería genética. Showa Denko no informó sobre las impurezas ni sobre la modificación de la producción; tampoco comprobó la seguridad del producto para el consumo humano, aunque la FDA estadounidense (Food and Drug Administration) había advertido de que los artículos obtenidos por biotecnología debían probarse antes de distribuirlos. Según parece, en lugar de potenciar la fase de filtrado —en la que se eliminan parte de las impurezas—, la compañía incrementó el ritmo de producción para cubrir la creciente demanda de triptófano, en un momento en que un número cada vez mayor de consumidores tomaba este aminoácido. El resultado fue que varios lotes presentaron impurezas que causaron en cientos de usuarios un problema de salud llamado síndrome de eosinofilia-mialgia, caracterizado por fiebre, un recuento muy elevado de eosinófilos en sangre —con todo lo que eso implica—, un dolor muscular fuerte e incapacitante y unos efectos muy graves que consistían en daños sobre varios órganos; entre ellos el corazón, los pulmones, los músculos, el hígado, la piel y el sistema nervioso. Podía llegar a causar la muerte o el padecimiento crónico de dolor muscular y articular, calambres musculares, fatiga severa y trastornos en el sistema nervioso.

 

En la actualidad, más de veinte años después, aún no se ha encontrado una solución terapéutica. Se calcula que hubo unos 1.500 afectados graves —de los cuales murieron unos cuarenta—, y alrededor de 5.000 personas con secuelas en distinto grado. A pesar de las evidencias en contra, y de que todos los estudios indicaron claramente que el triptófano no era el responsable, se achacó el problema al aminoácido, en lugar de a su adulteración o a algún tipo de negligencia por parte del fabricante, y la FDA prohibió su venta en 1991. Poco después de detectarse los primeros casos, en agosto de 1989, un grupo de investigadores dirigido por Edward Belongia, del Centro para el Control de Enfermedades (CDC, en Atlanta, EEUU) había publicado un estudio en el que se afirmaba que “los datos indican que el síndrome no se ha producido por el triptófano en sí mismo”. El doctor Gerald Gleich, del Departamento de Inmunología de la Clínica Mayo resumió la situación de este modo: 1) El triptófano no es la causa del síndrome de eosinofilia-mialgia, ya que quienes consumieron triptófano procedente de otras compañías no desarrollaron la enfermedad; 2) Todos los datos apuntan al producto de Showa Denko como el culpable, y a su contaminación como la causa.

 

Sin embargo, la FDA ignoró todos estos datos y prohibió la comercialización del aminoácido, sin importarle que había otros cinco proveedores sin relación alguna con la adulteración. La empresa responsable nunca ha informado sobre las características de las cepas de bacterias que causaron el problema, y por ello los investigadores interesados en el tema no han podido estudiar su origen. El fabricante asegura que las destruyó cuando comenzaron a aparecer los primeros casos de toxicidad. Sin duda, haber contado con ellas habría sido muy útil para los afectados. Las víctimas y sus familias demandaron a la empresa, que entre decisiones por mutuo acuerdo y juicios en tribunales tuvo que pagar más de dos mil millones de dólares por indemnizaciones. Los Estados Unidos prohibieron la venta de triptófano y otros países hicieron lo mismo, tal como suele suceder cuando el Gran Hermano toma alguna decisión importante. A partir de ese momento sólo se permitió la distribución a una empresa para la elaboración de alimentos para bebés. Al decretar la prohibición, la FDA no informó de que la eosinofilia-mialgia había sido causada por la contaminación que hemos descrito (tengamos en cuenta que aún no existía Internet), y cuando el asunto se hizo público siguió asegurando que no era seguro consumir el aminoácido triptófano. Muchos otros países siguieron el ejemplo, también sin tener en cuenta que el problema no radicaba en el triptófano (¿cómo va a ser tóxico un aminoácido que forma parte de las proteínas que comemos normalmente y de nuestros tejidos?), sino en algún fallo de producción: en lugar de culpar a los métodos empleados por el fabricante se culpó a la sustancia.

 

Personalmente, recuerdo que, cuando comprábamos suplementos alimenticios de aminoácidos a comienzos y mediados de los noventa, éstos no incluían este aminoácido esencial, sin el cual de nada sirve ingerir los demás. En cuanto a los suplementos de proteínas, solían llevar el aviso de “No triptófano añadido” para dejar bien claro que, si lo incluían, era sólo la cantidad presente de forma natural en las proteínas. Aún tuvieron que pasar diez años para que la FDA suavizara su postura, pero en el año 2001 todavía expresaba de esta forma sus reservas: “Basándonos en la evidencia científica disponible en la actualidad, no podemos determinar con total certeza si la aparición del síndrome de eosinofilia-mialgia en personas susceptibles que consumen suplementos de L-triptófano se debe al aminoácido, a alguna impureza que pueda contener, o a una combinación de estos dos factores junto a otros factores externos aún desconocidos”.

 

 

 

¿La píldora de la felicidad?

Casualmente (o tal vez causalmente, o al menos correlacionalmente), acababa de salir al mercado el Prozac®, uno de los primeros ISRS (principio activo: fluoxetina, un inhibidor selectivo de la recaptación de la serotonina; ver la primera entrega de este artículo) y muy pronto el antidepresivo por antonomasia. La prohibición del triptófano creó un vacío —en lo que respecta a la optimización de la serotonina— que el Prozac® podía llenar, lo cual contribuyó a sus espectaculares cifras de ventas. No menos importante fue todo el ruido mediático generado por lo que lo que se presentó como la píldora de la felicidad, un fármaco que todo el mundo podía tomar para elevar su estado de ánimo y que parecía no tener efectos secundarios. La compañía farmacéutica Eli Lilly llevaba tiempo investigando y sabía muy bien que el lanzamiento de un producto que aliviara la depresión —una supuesta enfermedad que, igual que el estrés y la ansiedad, comenzaba a ponerse de moda a finales de los ochenta— y que no tuviera los efectos adversos de los antidepresivos antiguos, los IMAOs y los tricíclicos, sería todo un éxito. Ya en 1974 David Wong había publicado el primer artículo sobre la sustancia en cuestión. El año siguiente recibió el nombre de fluoxetina y la empresa le dio el nombre comercial de Prozac®. En 1977 la compañía solicitó la licencia para el nuevo fármaco, que salió al mercado por primera vez en Bélgica en 1986, y en Estados Unidos el año siguiente. A pesar de que no fue el primer antidepresivo de este tipo en ponerse a la venta, la fuerte campaña publicitaria de Eli Lilly hizo creer que así era y que su aparición marcaba un hito en el campo de la psicofarmacología. El Prozac® ha llegado a formar parte de la cultura moderna y a representar uno de sus símbolos, el de un producto al alcance de todos y que puede tomarse como si de un complejo vitamínico se tratara, con el objetivo de adaptarse a las exigencias de la vida moderna y sin efectos secundarios apreciables. En 1993, el psiquiatra Peter Kramer publicó Escuchando al Prozac, y en 1994 Elizabeth Wurtzel publicó Prozac Nation, un libro autobiográfico que narra la vida de una joven estudiante y su experiencia con el antidepresivo, que fue llevado al cine el año 2001.

 

La invención de enfermedades

En aquellos años se creó toda una categoría de problemas supuestamente médicos que no ha dejado de crecer. Los medios de comunicación hablaban de estrés, ansiedad y depresión como enfermedades propias de la sociedad moderna, cosas que antes llamábamos “estar nervioso” o “tener un carácter triste o melancólico”. El lector ya sabe que constantemente se inventan nuevas enfermedades para las cuales las compañías farmacéuticas tienen la solución: tomar el medicamento que ellas comercializan. Como la depresión, el estrés y la ansiedad ya se han incorporado a la cultura y al lenguaje común, las nuevas creaciones de los expertos en inventar dolencias son cosas como “el síndrome postvacacional”, “el trastorno disfórico premenstrual” o “el trastorno de déficit de atención por hiperactividad”. Cuando amplios sectores de la sociedad están convencidos de que existen tales enfermedades y va creciendo el número de personas diagnosticadas, el fármaco que nos presentan para curarlas parece un remedio indispensable. El último ejemplo —y tal vez el más escandaloso— es el de la gripe A, que hace un año y medio nos metieron por los ojos y los oídos todos los medios de comunicación, y que luego resultó no ser más que un simple bulo, pero que sirvió para vender millones de vacunas. El periodista australiano Ray Moynihan es autor del libro Selling Sickness (“Vendiendo enfermedades”; no existe traducción al español que conozcamos), que añadimos a nuestra biblioteca de desenmascaradores de los modernos vendedores de aceite de serpiente. En él cuenta que hace treinta años Henry Gadsden, director de la compañía farmacéutica Merck, en una entrevista publicada en la revista Fortune en 1978, comentó que su sueño era parecerse a la marca de chicles Wrigley: producir medicamentos para las personas sanas y así poder venderlos a todo el mundo. Ciertamente, su sueño se ha convertido en realidad gracias a los métodos empleados por la industria farmacéutica, que actualmente es una de las más influyentes del mundo, su facturación anual se mueve en cifras de cientos de millones de dólares y su presencia se deja notar en las consultas médicas y en la vida cotidiana.

 

Leer segunda parte del artículo

 

Historia de la coca y la cocaína - Biblioteca Letras Psicoactivas
 

Índice de contenidos del libro:
 

Historia de la coca y la cocaína
J. C. Ruiz Franco
 

Coca (Erythroxylon coca)
Barón Ernst von Bibra
 

Nuestra Señora de Yungas
Mordecai Cooke
 

Las drogas que consumimos. La coca
Johnston
 

El efecto fisiológico y la importancia del cloruro de cocaína
Theodor Aschenbrandt
 

Sobre la coca
Sigmund Freud
 

La cocaína y sus sales
E. Merck
 

Sobre el uso de cocaína para anestesiar el ojo
Karl Koller
 

La coca erythroxylon y sus derivados
Parke, Davis & Company
 

La coca y sus aplicaciones terapéuticas
Ángelo Mariani
 

Cocaína
Aleister Crowley

 

La coca: Una tradición andina
Movimiento Tupay Katari

 

Observaciones sobre la neurobiología de la cocaína y la adicción a esta sustancia
José Carlos Bouso y Jordi Riba
 

Efectos y riesgos de la cocaína
Fernando Caudevilla Gálligo